Mi historia, la de muchas…

Mi historia, la de muchas…

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  • Publicación de la entrada:9 de marzo de 2022
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La desobediencia, la rebelión y la contradicción definen mi experiencia como mujer.

Nacida en una familia tradicional y costumbrista -en la que las palabras de los padres eran ley-,  y reconociéndome poseedora de un temperamento reaccionario e inconforme con las normas y con la autoridad, la constricción en la que se me crió fue una provocación para que en mí se anidara el deseo de romper -desde muy temprana edad- lo que yo consideraba una atadura. 

Ese rompimiento se dio con los esquemas preestablecidos, primero internamente, después con acciones. Comencé a labrar mi camino desde mi ignorancia rebelde. Fui, como diría el clásico, “la hija desobediente” que se fue del lado contrario al que le señalaron, pero con el sinsabor que deja la desobediencia, algunas veces lastimando sin querer por las decisiones tomadas, otras veces arrebatando casi a “empujones” (metáfora) lo que creí mi derecho: mi libertad. ¡Imagínense! ¡Querer emanciparme a los nueve años de edad! Seguro a muchas les pasó.

Mis primeras manifestaciones de lo que arriba señalo se dieron cuando era una estudiante de quinto año de primaria. Mi madre trabajadora siempre, ausente siempre (no es reclamo, simple descripción), me mandaba confiada a la escuela. A mí desobediente siempre, inconsciente siempre, se me hacía fácil irme “de pinta” sola para tomar un transporte que me llevara al centro de la ciudad a disfrutar de un chocolate caliente y unos crujientes churros de El Moro, solo por la satisfacción de hacer mi voluntad, de sentirme libre. Eran otros tiempos y afortunadamente siempre corrí con suerte para mantener resguardada mi seguridad, nada qué ver con lo que ahora se vive. 

Siendo la hija menor de mi numerosa familia, significó ser en cierto sentido, el elemento al que había que cuidar o mejor dicho domar. La hija que tenía sus tareas “naturalmente” definidas, las domésticas, y la que tenía que seguir las pautas y destinos esperados por la familia: crecer, tal vez estudiar, casarse, reproducirse y morir sin hacer olas.

Fui una niña-adolescente a la que le tocó servirle a los hombres de la casa, obedecerlos sin cuestionar (bueno, a veces los desobedecía y así me iba), temer a sus correctivos y pensar que ellos tenían siempre la razón, aunque no la tuvieran (de hecho muchas veces pensé que no la tenían). Para ser justos, lo que a mí me tocó fueron las reminiscencias de una educación que para mis hermanas mayores fue mucho más estricta, en esto tal vez yo tuve más de una ventaja.

A pesar de mi situación privilegiada fui una joven a la que no se le permitía llegar más allá de las diez de la noche a casa, indicación que muchas veces era desoída. Que no podía pasar la noche fuera, cuando lo hice el recibimiento de mi madre era con la chancla o el cinturón en mano -cuando bien me iba- o con la aplicación de la ley del hielo que quemaba hasta la conciencia (mi madre era experta en ella). Quien debía pedir permiso para participar en cualquier actividad fuera de la rutina y quien no podía tener novio hasta después de los 18 años. Además, de que no tenía permitido presentar a galán alguno, a menos que fuera “el bueno” es decir, con el que habría de casarme. Por supuesto, no obedecí y presenté en casa a más de un “pretendido”.

Qué decir de mis planes de estudiar…. y !periodismo! “Y eso para qué mi’jita”, me cuestionó mi padre en su momento confundido, “lo importante es conocer la palabra de Dios”, me dijo esperanzado en que yo accediera a la fe a pesar de que desde mi temprana juventud había decidido, íntimamente, no tener nada qué ver con la religión. Algún hermano por ahí me lanzó un “a ver si puedes”, quizás por mi antecedente de extravío vocacional y estudiantil que había mostrado en el pasado, no lo culpo. Otras voces me llenaron de aliento, “estudia lo que quieras, lo que yo no pude” me dijo mi madre o “el mejor camino para crecer y obtener la independencia es el conocimiento y el trabajo duro” me reveló a su manera una de mis hermanas, punta de lanza en mi inquietud por ampliar mis horizontes y mi deseo por alcanzar una vida distinta. Una voz femenina que siempre es necesaria en el despertar de otras mujeres.

Mi anhelo máximo era “obtener mi libertad” como dramáticamente me decía. “No quiero yugos de ningún tipo” remataba. Así fue como a los ¡30 años! (bastante vieja para emprender la independencia), les comuniqué a mis padres (con el miedo de perder su aprobación, si es que alguna todavía me quedaba), mi decisión de vivir sola. Ardió Troya, pero hice mi voluntad. Desde hacía 15 años atrás había comenzado a ser independiente económicamente al iniciar mi vida laboral, al menos ese cuento me recitaba a pesar de que la familia me otorgaba aún casa, comida y sustento.

Fue en ese momento en el que me di cuenta del significado y seriedad que tiene la palabra libertad. No solo era vivir el sueño guajiro de “soy libre, viva la pepa”, sino que era darme cuenta de que a partir de ese momento, era responsable absoluta de mi vida, y no porque anteriormente no lo fuera, sino porque no era totalmente consciente de lo que significaba serlo lejos del sistema familiar con el que en un momento dado podría contar, refugiarme o hasta sumergirme. 

Fue también el momento en el que me vi con otros ojos, en el que me vi como mujer y no como la hija rebelde sin causa de familia. Fue el momento en el que pude dimensionar más claramente la responsabilidad que tenía como profesional, como ciudadana, pero también como ser humano más allá de mi género. 

El ejercicio del periodismo resultó fascinante y retador, primero en la radio nacional y después explorando los caminos de la colaboración con medios internacionales, mismos que se me abrieron justo por el gran apoyo de extraordinarias y generosas colegas mujeres que me compartieron sus enseñanzas y experiencias y de las que aprendí el gran valor de la ética dentro del oficio.

Aunque pudiera parecer un lugar común la célebre frase de Simone de Beauvoir “no se nace mujer, se llega a serlo”, en los hechos esto es así. La construcción de nuestra mujer interna, es un trabajo que hacemos cada día con esfuerzo, creatividad, sensibilidad, solidaridad, fuerza, valor e inteligencia no solo intelectual, sino emocional y con el aporte que mujeres y hombres hacen a nuestra propia causa. Ser mujer es, por tanto, un trabajo colectivo que no terminamos hasta que partimos de este mundo.

 

 

 

 

 

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