Dejar el nido

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Hace unas semanas una persona cercana a mí me compartió, muy emocionada, que finalmente alcanzó su deseo de conseguir un espacio para independizarse de su familia e irse a vivir sola. Lo hizo después de muchas cavilaciones emocionales que no le permitían dar el paso. Eso me recordó cuando me tocó vivir el proceso y no pude evitar reflexionar sobre la importancia de dejar el nido.

Hacerme cargo de mí misma en un lugar fuera del alcance de la protección familiar, fue un anhelo que tuve desde mi adolescencia; sin embargo, no pude hacerlo hasta que fui una mujer de más de treinta años. No fue fácil enfrentar las dudas (las mías y las de los demás) sobre mi capacidad material y emocional para vivir sola, porque a veces permitimos que el miedo nos haga sentir débiles para  enfrentar la vida. Pero lo que más temor tenía era defraudar las expectativas de mis padres, pues fui la única de sus hijos que optó por esto. “¿Cómo que te irás a rentar si aquí tienes tu casa?” “¿Por qué desprecias lo que te damos?” «¿Por qué te quieres ir de aquí si no estás casada?”, me cuestionaron sorprendidos y un tanto dolidos cuando les anuncié que me iba de la casa familiar.

A pesar de su resistencia decidí que emprender el vuelo era necesario para mi crecimiento personal y también para nuestra relación hija-padres, ya que en cierta forma buscaba su respeto y reconocimiento como adulta, pero cuando vivimos tan pendientes de encajar en los esquemas de la familia, nuestros sueños se entumen y se asienta en nuestro interior la semilla de la frustración. Pienso que en cierta forma quise huir de eso, pero cada uno tiene su propia motivación.

Y no es que exista una edad marcada para independizarse, al final se trata del momento en el que uno esté listo para hacerlo. Pero al mismo tiempo, dejar el nido familiar para construir el propio se convierte en un regalo muy poderoso, porque a través de él se obtienen aprendizajes muy profundos como:

  • Construir una visión fuerte e independiente de uno mismo auto percibiéndonos como personas autónomas y productivas.
  • Ser conscientes de las responsabilidades de la vida, como tener una fuente de ingresos que permita pagar el lugar donde asentarse, vestirlo con ilusiones y carencias.
  • Hacerse cargo de la propia manutención y de la organización de un hogar.
  • Fortalecer nuestra estructura mental para enfrentar aspectos importantes de la vida, como el profesional, el laboral, el social y hasta el personal.
  • Crear nuestro espacio personal también permite enfrentar momentos de dificultad, de frustración y de soledad que se convierten en una extraordinaria oportunidad de autoconocimiento y de pequeños retos que nos entrenan para la vida. Para ser nuestro propio guía, para descubrir hacia dónde queremos ir, para conocer las aspiraciones propias y clarificar nuestros objetivos, así como desarrollar las habilidades necesarias para lograrlo.
  • Además de tener las capacidades suficientes para resolver las problemáticas que día con día se enfrentan.

El resultado de todo lo anterior se convierte al final en la oportunidad para mejorar nuestras relaciones, principalmente con la familia, ya que muchas veces la distancia nos ayuda a percibir con mayor perspectiva las relaciones complejas que suelen darse en ellas.

También el autoconocimiento se profundiza y eso nos ayuda a clarificar y fortalecer nuestro proyecto de vida, a definir nuestra identidad, a construir una cultura financiera y no menos importante, a valorar lo conseguido a base de esfuerzo y sacrificio. Todo esto ayuda en el fortalecimiento de nuestra seguridad y autoestima.

En conclusión, dejar el nido nos da la oportunidad de aprender a autogobernarnos, pero también a encontrar nuestro lugar en la vida, al menos es lo que me ocurrió a mí. ¿Cuál fue el resultado de tu proceso? 

Foto: Monstera Production

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