Reflexiones sobre la muerte

Por:

«Lo más temible es la muerte porque es el fin»

Aristóteles. 

Ahora que iniciamos nuevamente este ciclo de celebraciones tradicionales respecto de la muerte, reflexiono sobre las motivaciones que muchas sociedades tenemos para poderla ver y nombrar casi con un cariz festivo, que si bien nos envuelve místicamente en un ambiente fascinante, es también una manera de aproximarnos al fenómeno con menos temor y con más compasión, que nos ayuda a envolver simbólicamente el hecho de morir a través de creencias, costumbres o tradiciones.

Históricamente la muerte ha significado para muchas culturas, regresar al origen o trascender a un estado de eternidad. Ha representado un concepto complejo, diverso y contradictorio salpicado de dolor, sí, pero también de esperanza, de recuerdo y de nostalgia; pero al mismo tiempo de alegría.

Es innegable que los vivos tememos a la muerte, ya sea la propia o la de nuestros seres queridos, aunque si lo observamos con detenimiento y objetividad, quizás a lo que tememos es al sufrimiento que nos representa la pérdida del otro, es quedarnos huérfanos de ellos, por lo tanto nuestro sufrimiento se centra en ese abandono que sentimos de ya no poder disfrutar de su presencia, sufrimos por nosotros mismos. 

Al vivir en un mundo tan plural como el nuestro, el concepto de la muerte se ve trastocado por aspectos sociales, culturales, religiosos y económicos, que sirven de plataforma para que cada individuo experimente la muerte de manera muy particular. Sin embargo, al final este es un proceso al que estamos expuestos todos los seres humanos desde que nacemos, pero cuando llegamos a ese momento sin retorno, lo que muchas veces nos impacta es la idea de la nada. Este temor es posible racionalizarlo a través de un proceso de reflexión y por supuesto con el tiempo. 

Pienso que por ello acudimos a uno de nuestros mecanismos de defensa para tranquilizar ese sufrimiento: a través del recuerdo de quien se fue. Por eso les construimos altares no solo temporales, sino permanentes dentro de nuestros espacios físicos y emocionales. Muchas veces idealizamos sus legados y evocaciones, porque con ello los sentimos de nuevo vivos dentro de nuestra experiencia vivencial. Así que, como cada año, ¡sean bienvenidos en nuestras festivas añoranzas!

 

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